
Siempre me gustaron las casas que tienen enredaderas en el frente, esas que tienen toda la fachada cubierta de verde.
También tengo un estilo de pensamiento algo enredado, empiezo a hablar, a pensar y de a poco voy trepando y enredando todo.
"No lo compliques" me dijeron el otro día.
Imposible, sin complicaciones no soy yo...
Por eso mi enredadera, la de la cintura, porque sin enredadera no soy yo...
Recuerdo ir por tigre, de niña, mirar esas bellas casa verdes y siempre insistir con eso. Mi madre siempre me respondía que la humedad, que estilo de la casa, que los cuidados... No recuerdo no rotundo de niña, siempre me daban razones para "convencerme del no" pero mi crianza es tema para otro post. En fin, como nunca fui muy aventurera, mi madre finalmente encontró la razón que utilizaría siempre para hacerme desistir de la idea:
"Se llena la casa de bichos... bichos, muchos, de todo tipo..."
No hubo manera, los años pasaron y las enredaderas que cubren esas casas verdes, me siguen gustando.
Hace cuatro años que vivo en esta casa, mi lugar en el mundo. Tengo un patio con una cantero que adoro cuidar y se desborda de plantas y flores, por supuesto que tengo mi enredadera, y año tras año la voy dejando cubrir un poco más mis antiguas, húmedas y despintadas paredes rosas. Mi madre no me mentía, hay algunos bichos, y en pleno verano aparecen una lagartijas muy chiquitas que son juguetes para mi gata pero la verdad, no me molestan.
Esta mañana me levanté y aprovechando el día hermoso, salí a arreglar mis plantas. Ahí estaban, los primeros brotes de mi enredadera, muy chiquitos, muy tiernos, muy altos (vencí mi vértigo para sacarles la foto pensando en el blog)
Que linda sensación, en unas semanas voy a volver a tener mi casa verde...